¿QUÉ HARÍAN USTEDES SI...?
Un médico, que además era director de un hospital, daba una charla a su personal de doctores y enfermeras y les planteaba:
“Qué harían Ustedes en el caso de
una paciente que no se comunica verbalmente ni reacciona a la palabra
hablada o a los mensajes escritos, que balbucea de manera incoherente
durante varias horas al día, que parece desorientada durante horas en
cuanto a su persona, al espacio y al tiempo, aunque da la impresión de
que reconoce su propio nombre.
“No se interesa ni coopera para
nada en su propio aseo; hay que darle de comer dietas blandas ya que no
tiene dentadura. Presenta incontinencia de orina y heces, por lo que
hay que cambiarla varias veces al día y bañarla con frecuencia. Babea
continuamente y tiene la ropa siempre manchada. No es capaz de andar.
Su patrón de sueño es errático; se despierta frecuentemente por la
noche y sus gritos despiertan a los demás.
“Aunque la mayor parte del tiempo
parece tranquila y amable, varias veces al día y sin causa aparente, se
pone muy agitada y estalla en crisis de llanto sin motivo. Así se pasa
los días y las noches….”
Las respuestas de médicos y
enfermeras fueron parecidas a ésta: “Cuidar de un caso así sería
devastador, un modo de desperdiciar el tiempo de médicos y enfermeras.
Casos como éste deberían estar en los asilos, no hay nada que hacer con
ellos”.
Después de escuchar varios
comentarios en el mismo sentido, intervino el Director: “quiero que
conozcan a la paciente a la que me he referido”. Y en seguida
proyectó su imagen en la pantalla: era una hermosa niña de seis meses
de edad.
Una vez que se calmaron las
protestas del auditorio por haber sido víctimas de un engaño, el
Director les ayudó a ver que deben considerar si el solemne compromiso
adquirido por cada médico de no discriminar, puede hacerse a un lado
ante las diferencias de peso, de estatura, de edad, de perspectiva
vital, de sentimientos que inspira el aspecto físico de los pacientes o
si, por el contrario, ha de sobreponerse a esos datos
circunstanciales.
Los médicos y enfermeras presentes
entendieron que no deben dejarse llevar por el sentimiento a la hora
de ver a sus enfermos, ya que una paciente anciana es tan digna y
amable como la niña, y que los enfermos que transcurren los últimos
días de su existencia consumidos por la demencia o el dolor, merecen el
mismo cuidado y atención de los que inician la vida en la incapacidad
de la primera infancia.
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